sábado, 12 de agosto de 2017

Hartazgo

"¡No soporto el humor barato!
No es corrección política, se llama hartazgo. No soporto ya el humor que agrede y que lastima. Personalmente he trabajado en ello en cada nuevo espectáculo que hago y lo obtenido como artista y ser humano me ha cambiado en muchos sentidos, se ha vuelto una forma de vida. Pero me sigo preguntando
¿Cuál es el poder que da insultar al otrx? ¿Qué sienten? Una superioridad inmediata imagino, una ventaja; pero que vacía es esa comedia.  Es común en el cabaret, en el bar gay y obvio la "comedia" televisiva de basura; (Guerra de chistes, Adal Ramones por decir algunos, donde  la misoginia es la mierda hecha "chiste") Lo mismo me sucede al escuchar humoristas que acostumbran denostar al de enfrente. Las que critican y se ríen de la audiencia diciéndoles feas, pobres, gordas, jotas, flacas, pendejas, etc. Eso del argot cabaretero les "permite" a muchxs esas licencias. Licencias arcaicas, licencias pobres...
El humor ya recurre a nuevas alternativas. Aún cuando el personaje te permita ser una clasista hija de la chingada, no puedes ofender a tu público y a tu compañero de escena. Es una labor ardua, pensante, inteligente. Recurrir al insulto, la misoginia, la homofobia, el machismo es ya ridiculo, es barato.
El humor es el arma más eficaz contra el poder decía el maestro Fo.
Si quieren hacer humor con contenido: Jode al poder, jode al que jode.
Lo contrario es ser canalla.
No es corrección política es hartazgo."

CÉSAR ENRÍQUEZ

martes, 8 de agosto de 2017

Paquita: las mentiras mal contadas

El pasado viernes 4 de agosto terminaron las transmisiones de la teleserie que intentó traer al público la biografía autorizada de Paquita la del Barrio: nuestra Paca, ese entrañable personaje de lo último que tuvimos de verdadero cabaret en esta Ciudad de México. Un cabaret que ya no existe y que se extraña, aunque muchos digan que qué bueno porque el ambiente nocturno ha evolucionado.

Debo confesar que desde el primer capítulo intentaba hacer de todo para no perdérmela. Entre tareas y quehaceres nocturnos, siempre estaba encendida la tele para echarle  aunque fuera un vistazo. La vida novelada de la cantante trajo el calor de hogar y unió a mi familia alrededor de la pantalla como hacía mucho tiempo no sucedía.

Mi abuela creció en Alto Lucero, Veracruz, ciudad de la que es oriunda Francisca Viveros, la protagonista de esta historia; así que, contrario a lo que algunas personas dijeron en su crítica, la forma de hablar de los personajes sí tenía que ver con el léxico jarocho, y la actriz que dio vida a Paquita de niña era un verdadero encanto. La dirección y la ambientación de los primeros capítulos, en un pueblito veracruzano, contaba con cierto aire de nostalgia por un México perdido, que todavía conservó hasta cierto punto en la capital, en los capítulos donde Paquita (en ese entonces llamada de cariño "Chica") se muda a probar suerte como cantante luego de su primer rompimiento amoroso.

Desde el primer momento se dio un duelo de actuaciones entre Paloma Woolrich como la insufrible abuela de Chica, y Andrés Pardavé, el dulce abuelo veterano de la Revolución Mexicana para quien su familia es un pelotón y la vida es eternamente una batalla.

Fue agradable ver en pantalla a Marissa Saavedra, a quien tuve oportunidad de entrevistar y de ver haciendo cabaret hace algunos años. Todo iba pintando bien: con su papel de la sumisa y abnegada madre de la cantante, podemos entender el contraste de experiencias que rodearon a nuestra Paca desde muy temprana edad. Marcia Coutiño encarnó a la aguerrida tía solterona, quien contrario al personaje de Marissa, lucha por lo que quiere y aconseja a su sobrina a que haga lo mismo. Estos cuatro personajes conservaron su esencia y su encanto de principio a fin, magníficas actuaciones.

Por otro lado los personajes de los niños compañeros de toda la vida de Francisca se definieron igual desde el principio: Clara y Camilo son la villana y el amor platónico de Paquita, personajes enteramente ficticios que sirvieron para proteger las verdaderas identidades de quienes tuvieran esos papeles en la vida real de la intérprete.

Él, Erick Chapa, aburrido, patético y acartonado, ella, Gloria Stalina, magnífica como la intrigosa enemiga disfrazada de amiga. Hermosa, sexy, todo lo que le ponían le lucía estupendo. Debo confesar que me di un enorme taco de ojo con sus vestuarios de pin up y de vedette. Los vestuaristas se dieron vuelo con ella, y viendo sus fotos de antes, nunca se vio tan guapa como con el look de femme fatale al que además hizo los honores con su apasionada entrega actoral.

Extrañaba amar a una villana, reírme con ella de sus maldades, pero es que nos lo pusieron muy fácil, de a peso: el zonzo de Camilo primero anduvo con otra mientras la Paca moría por él, y al final le dieron un giro queriéndonos hacer creer que siempre estuvo enamorado de la gordis, cuando ni química había con la estrella... ¡Ah! ¡La estrella! Entramos al tema escabroso: Andrea Ortega Lee..., sí la famosa "Manchita", con quien compartí escenario alguna vez allá en los años de gloria del Push up Comedy, pudiendo ser testigo de su época donde apenas se estaba lanzando al micrófono abierto de la escena estandopera.

No es mi comediante favorita pero tampoco es nada personal, de verdad ni la odio ni nada, pero Andrea Ortega NO ES actriz. Es una chica muy bella y tiene cierto carisma, pero seamos justos ¡NO ES ACTRIZ! Y ya la vimos protagonizando una película sólo por ser 'gordita', y ya la vimos en la serie no autorizada sobre la vida de Jenny Rivera, y ahora con un papel protagónico CARACTERIZADA como Paquita la del Barrio. Ni en broma me atrevería a decir que ACTUANDO.

Perdón, perdón... pero así hasta gusto daba que el personaje de Clara le diera donde más le duele.

La Paquita que nos retrataron dista mucho de ser la verdadera Francisca Viveros Barradas de la vida real. Nos dibujaron a una mujer resentida contra los hombres (quizá para que tuviera congruencia con lo que canta, pero no se vale), casi justificaron el proceder de su segundo esposo, un modelo muy guapo y simpaticón a quien poco a poco se le fue descarando el acento argentino.

Se diría que casi nos dijeron con una doble moral magistralmente armada, que la Paca tuvo la culpa de sus desgracias, pero que igual debemos quererla. Nos pusieron a una tipa envalentonada y berrinchuda, de difícil trato, una mujer que en lugar de madurar con los golpes de la vida, se hizo una niña malcriada y grosera... y es que no, no es así, ¡¡MANCHITA la actuó así!! (gracias a los libretos llenos de pataletas y peleas corrientes).

Y lo siento, pero aunque cualquier tonito ñero en la voz es fastidioso, si hay algo que me parece de plano insoportable es el tonito con 'papa en la boca' que no se quitan ni para dormir... ya saben, 'tonito fresa', 'de buena alcurnia' o como quieran llamarle. A mi Mancha le estorbaba la papa, ¡por amor de Dios!

Lo siento mucho, pero le quedó de plano grande el traje a la pequeña Andrea.

He tenido la fortuna de ver a la señora Paquita en vivo. Jamás se mete con el público de forma irrespetuosa, guarda su distancia y se concentra en SENTIR LO QUE CANTA, que es lo que al final de cuentas transmite y hasta le hace llorar constantemente en el escenario.

No es que esté amargada, no es que no quiera a los hombres, es que ha tomado la valentísima decisión de entregar sus sentimientos al público: recordar, volver a vivir, abrir la herida cada vez que interpreta, llorar, conectarse consigo misma y con lo más íntimo de su vida para regalárnoslo. ¿Y qué hace el público? Su público verdadero la aclama, lo recibe y agradece.

El público de los medios masivos se burla, no comprende "por qué no ha superado esos amores", le critica la imagen, la ve como objeto curioso o cuestiona sus letras tachándolas de "hembristas, feminazis y misándricas" cuando ella no es quien las escribe, lo hacen varios compositores, en especial uno que en la serie fue horrendamente representado por Chiquidrácula... que diga, Carlos Espejel (insuperable de horrible).

Desde hace muchos años estas letras le crearon ese personaje que ahora trae puesto y que es quien verdaderamente la hace sufrir. Paquita vive atada a la farándula morbosa que como carroñeros le pide que declare sobre temas polémicos. Recordemos su desafortunado comentario por el que la comunidad gay se divorció de ella: "prefiero que se mueran y no esa vida para las criaturas". Seguro estaba pensando en violadores, señores, no en una pareja gay de hábitos honorables.

¿Dónde está la comprensión, el amor y la tolerancia que tanto exige la comunidad? ¿Dónde está la inteligencia de la que se jactan? Porque Paquita es una señora de edad avanzada, sin estudios, ignorante de muchos temas de actualidad. Ella está metida sin querer en un mundo que la absorbió, ella no debe contestar lo que todo el mundo quiere oír porque simplemente no se le da la gana, porque está hasta el copete de preguntas banales y de que sus interlocutores reporteros siempre vayan hacia los mismos asuntos. Ya pidió disculpas, ya entendió el error, ya su serie incluyó a un personaje trans que es de-li-cio-so, encarnado por Alejandro de Marino. ¿Qué más quieren? Total, si se les hace muy naca o de plano nunca les ha gustado, que no les guste.

Paquita es y sigue siendo en el fondo una mujer pueblerina que concierto tras concierto revive la miseria de ser oprimida, y con dolor más que con odio, les canta a los machos y a veces las letras que le componen, van más allá del sarcasmo o del humor negro, pero escucharla y verla en vivo sigue siendo una delicia. Paquita es un pilar viviente del cabaret en México, por eso me da cierta rabia que Manchita no haya sido la mejor opción para encarnarla.

Al final, y después de muchas vueltas de tuerca, Paquita: las verdades bien cantadas, terminó convirtiendo la mitad de sus capítulos en una novela barata y complaciente, donde la villana recibe su castigo y los dos palomitos se quedan juntos.

Así no sucede la vida, y esa no es mi Paca, nuestra Paca la del Barrio. Tampoco esa de ahí es su hermana Viola, bien actuada y bien cantada por Sofía Garza (ella sí, no como Andreita, que ni sabía hacer play back de una imitadora barata). La señora Viola se caracteriza en la vida real por ser oportunista, rencorosa y envidiosa de su hermana 'la gorda', pues en más de una ocasión hizo declaraciones muy ardidas hacia quien sí hizo una carrera fructífera en esto. En la serie, pintan una Viola Viveros Barradas muy bella, entregada, solidaria y absolutamente leal a su hermana. Sí, la amamos, el personaje es querido, pero nada que ver con la verdadera relación de las hermanas que en su momento cantaron juntas como Las Golondrinas.

En fin, que para describir a Paca, nadie mejor que Don Monsi, quien fue representado en la serie por un actor que desconozco, pero que es igualito al difunto (por cierto, ese fue un momentazo, tienen que verlo).

"Indiferente a la moda, Paquita deposita en el barrio (la vida popular) su identidad y del barrio extrae su primera clientela, que capta al instante el mensaje de la cantante, en caso de que lo haya: polvo de discos viejos somos, recordar es vivir por primera vez, no hay amor sin desengaño, y, comadre, hágame caso, mejor hallarle chiste a la pobreza porque de allí ya no salimos. 

Y el nombre artístico, Paquita, la del barrio, es afortunadísimo, genera confianza y predispone el relajamiento del ánimo. Esta señora que canta pa- drísimo a lo mejor es nuestra vecina, es —o podría ser sin problemas— de nuestra familia y si la quieres oír vete en la noche al restorán aquí cerquita. Una cantante popular (como antes) en un sitio popular (como antes) en un barrio popular (como antes) es llamado inevitable de atención para cazadores de originalidad en la ciudad que se americaniza. 

Los intelectuales oyen a Paquita y la recomiendan a los de la televisión; los de la televisión popularizan a la señora francamente inmóvil y de pañuelo en mano, cuyo chiste es la singularidad; la actriz Silvia Pinal contrata a Paquita para el film Modelo antiguo; Televisa la utiliza en la telenovela María Mercedes; la revista Cambio 16 la invita a cantar en uno de sus aniversarios madrileños. Y Paquita, inmodificable, noche tras noche sigue en su lugar”.

Carlos Monsiváis

Ver capítulos de la serie

martes, 20 de junio de 2017

Alerta por ancestral forma de robo

La envidia es el peor tipo de energía que puede generar un ser humano. Daña en demasía porque ensucia lo limpio y se roba todo lo que puede llevarse. Es el recurso que tienen las almas inexpertas para hacerse de 'algo' que les haga sentir medianamente satisfechos.

 Hay que extremar precauciones para detectar a estos ladrones, ya que para operar se vuelven muy cercanos a su víctima. Pueden llamarse amigos o incluso parejas (ahí el despojo duele muchísimo más). Se van robando tus metas, ideas, sueños, ilusiones y autoestima sin que apenas te des cuenta.

 Sucede como robo 'hormiga', silencioso y a veces, dependiendo del nivel de cercanía, funciona como una hipnosis en donde tú les otorgas gratis todo eso que te hace falta para ser feliz TÚ. A cambio te van dejando residuos de su veneno y su recelo viviendo por todo tu cuerpo y obstaculizando tu crecimiento en todos los sentidos.

 Cuando has sido el blanco de esto, es difícil curar el alma resultante, pues termina amoratada a causa de tantas mordidas y chupetones de energía vital; debilitada y confundida. No olvides tomarlo en cuenta. Tu vida está primero.  La voz de la experiencia te sugiere lo siguiente:

 1. Jamás digas que a ti no tienen nada que envidiarte. A la gente vacía siempre le va a hacer falta algo que tú ya tienes.

 2. Valora y agradece hasta la más mínima cosa: tu familia, tu trabajo, tu libertad, tus talentos, tus amigos, tu cuerpo y tu forma de ser. Así los consideres insignificantes, estos bienes son los más buscados por las almas envidiosas.

 3. Puedes sentir ciertos apegos hacia las personas, pero nunca sacrifiques nada tuyo por el otro. Esa es una mentira religiosa "dar hasta que duela" ¿en qué momento? Entrega porque te place, no porque es un deber o una responsabilidad moral. La lástima y la caridad son ofensivas, siente compasión en términos de la empatía, y si puedes ayudar, ayuda, pero no abras puertas en tu corazón que después no sepas cerrar.

 4. Observa más de cerca y descubre potenciales huecos en los otros. Justamente la práctica de la empatía te dará la maestría para detectar a tiempo y neutralizar esas malas energías.

 5. Una vez detectadas, marca distancias pacíficas y respetuosas, aunque si debes ser tajante, hazlo y no tengas miedo del qué dirán. Supéralo. Si no lo haces, tu suplicio apenas comienza.

 6. No vivas con desconfianza, confía en el ser humano. Apuesta positivamente asumiendo los riesgos y afrontando dignamente las consecuencias. (Cuidado, eso sí, con quien piensa que le envidian cosas superficiales -apariencia, estatus social, bienes materiales, etc.- Por lo regular esas personas envidian secretamente todo lo que no tienen en abundancia.)

 7. Fortalécete en amor propio y autocuidado. Estudia tus emociones y aprende a controlarlas. El proceso puede ser largo, pero no descanses hasta erradicar de tu vida a las personas que en lugar de apoyo, representan una carga energética más, por mucho cariño que sientas por ellas. No descanses hasta no necesitarles, no descanses hasta que te sientas bien estando en soledad. Hasta ese momento entenderás que la soledad no existe, eres parte de todo y todos.

 Se ha puesto de moda llamarles 'personas tóxicas'o 'vampiros energéticos o emocionales', lo cual genera confusión, división y se vuelve una etiqueta que produce más negatividad en la persona.

Es mejor pensar a nivel de energía. A veces la gente carga consigo estas ondas inconscientes y ni sabe el nivel de daño que hace. No son personas felices por dentro aunque la mayoría pueda aparentar muy eficazmente lo contrario.

 A veces su momento pasa y su energía proveniente de algún dolor o suceso en su vida se renueva y ya no envidia nada. Otras veces esa energía ya es un cúmulo de cosas fuertes de esta u otras vidas, esto se siente, se percibe cuando uno está alerta, por lo que es mejor alejarse definitivamente. Haz caso a la intuición, ésta nunca falla.

 Decirles que sienten una envidia inconsciente puede ser muy ofensivo y agravar la relación. Lo mejor es protegerse mental y espiritualmente para no tener que echar mano del recurso de defenderse, pues puede caerse en un círculo de violencia que no tenga final.

 Atrae a tu vida gente empática, serena y madura. Cuando empiecen a abundar a tu alrededor, sabrás que lo mismo has alcanzado tú también.

sábado, 4 de febrero de 2017

Ser o no ser cabaretera

Todo lo que se pone de moda pronto cae de mi gracia. Y hoy por hoy, tengo que decir algo que me hiere profundamente el pundonor: el cabaret... está de moda.

Después de mi post último ("Me cansé de definir el cabaret") sobre este tema, han pasado varias lunas. Doce, para ser exacta. Por eso este año inicio partiendo de la pregunta shakespereana existencial por excelencia, escribiendo un breve:

MANIFIESTO CABARETERO
Hortensia Martínez/Ondina Cabaret

1.- Me resisto a ser entretenimiento barato. Entiéndase por barato, algo inmediato, hecho para gustar, para hablar del tema y los personajes de moda. No me importa si gano tres pesos o actúo gratis, pero no quiero hacer nada para estar vigente, para estar de moda o en boca de todo el mundo. Hago cabaret por razones más profundas para mí, que la de entretener al respetable. Entretendré si lo logro, pero a mi modo. No seré más complaciente con nadie. El mundo, y especialmente el país, no necesitan una 'cabaretera' más. Ya hay demasiados y demasiadas.

2.- Me seguiré llamando 'cabaretera'. Después de casi 8 años de estar guerreando contra definiciones del término aquí y en otros mundos; después de retorcérseme las tripas por ver tanta gente que se autonombra así y que pretende decir que hace cabaret; después de no ser reconocida por casi nadie en el medio como cabaretera por muchas razones que van desde mi profesión de pedagoga hasta mis escasos trabajos escénicos comparados con los de muchos otros; y después de no recibir apoyo ninguno para mis producciones, salvo el cariño y la colaboración de contados colegas que han creído en mí y me siguen echando porras; me declaro una cabaretera con todas sus letras:

  • Porque soy parte de la gente del pueblo que se sube a un escenario a decir lo que le oprime.
  • Porque lo mismo me he presentado en foros hechos para teatro, que en universidades, bares y cualquier espacio que el cabaret pueda tomar por asalto para expresarse.
  • Porque hablo de lo que me duele y lo que me importa decir.
  • Porque la mayoría de mis trabajos los he producido y escrito yo.
  • Porque aún con mis limitados y poco entrenados talentos he hecho el cabaret en el que creo.
  • Porque siempre que me subo a un escenario soy honesta y congruente.
  • Porque siempre que me subo a un escenario trato de dar lo mejor de mí.
  • Porque trato de estar feliz en escena. El público no tiene la culpa de mis procesos emocionales o psicológicos. Aunque el teatro me ha ayudado mucho en mi construcción personal, no es mi terapia ni lo uso de escaparate para exhibir mis traumas. Amo y respeto el escenario, justo porque le agradezco hacerme feliz, sobre todo cuando me he sentido más desgraciada.
  • Porque para mí el público es un ser vivo, pensante y sintiente, juguetón y dolido. No son mis fans, no mis seguidores, no mis aprendices o mis súbditos. No vienen a admirarme ni puedo hacer con ellos lo que yo quiera, y soy yo quien está a su servicio, no ellos al mío.
  • Porque he aprendido a la mala lo que es abuso, manipulación, traición y falta de ética en el arte y en la vida. Nadie puede esperar eso de mí. Ser cabaretero/a no es lo mismo que ser un hijo o hija de la chingada, aunque muchos se siguen tragando ese cuento. Un cabaretero/a puede ser todo lo inmoral que quiera, pero ser antiético te quita todo lo poco o mucho que tengas de 'artista'.
  • Porque no soy mis maestros ni mis compañeros de carrera. He compartido espacios con gente grande y famosa, pero no soy ellos. Yo soy yo con mi formación y mi trayectoria, ellos sólo han sido parte de la construcción de mí misma. No olvido ni menosprecio a nadie, admiro a todos en uno o varios aspectos, y agradezco su tiempo en mi vida, pero yo tengo un nombre, aunque sólo yo lo conozca cuando me veo en el espejo. Para mí eso es suficiente y me ha costado mucho. 
  • Porque doy clases para ayudar a entender qué tipo de cabaret puede hacer cada quién, consciente de que el cabaret no se enseña ni es para todos, segura de que el cabaret se adquiere por contagio, y como si fuera un desahucio, se aprende a llevar con dignidad, o él mismo te mata. No se puede aprender el cabaret de nadie, porque uno termina haciendo teatro cabareteado al estilo de... el maestro o maestra que le enseñó a uno... y porque tampoco se puede fingir tener el virus del cabaret, eso se nota. Es fácil distinguir porque el entusiasmo del juguete recién descubierto no se compara con el compromiso y la pasión que genera el verdadero virus. Eso es otra cosa.
  • Porque no encajo en el estereotipo de cabaretera, ni lo necesito. No requiero ser fiestera, amiguera, promiscua, ni siquiera alegre o de risa fácil. No me interesa parecer cabaretera. Soy cordial, pero selectiva, sensual pero no una bomba sexy. Mis halagos son honestos, no cumplidos ni adulaciones. No sé coquetear, me parece ridículo. Puedo jugar y alburear pero tengo límites, lo hago sólo si me siento en confianza. Sí, por ser tan selectiva suelo parecerle aburrida a mucha gente, y hasta mamona.
3.- Nombrarme cabaretera no define todo lo que soy o puedo hacer. Ondina Cabaret es un laboratorio, un taller artístico personal donde puede entrar quien quiera jugar, compartir y aprender de buen modo conmigo. He hecho teatro, cine, stand up comedy, burlesque, poesía, música, performance, foto, pintura y cualquier cosa que se me pegue la gana experimentar. Me dedico a la educación porque igual me apasiona y soy profesional en ello, pero tampoco me define el término 'maestra', porque soy una eterna aprendiz del mundo.

Finalmente no sé con cuánta frecuencia haré cabaret puesto que no vivo de esto. Para mí el cabaret es un placer, un lujo que puedo darme de vez en cuando, y sobre el que me encanta disertar cada vez que puedo.

¿Ser o no ser cabaretera? No lo sé. Definirte no te hace ser propiamente, para lograrlo, se tiene que estar,  y sobre todo, hacer, dicen. 

Bien... intentaré seguir estando y haciendo. Por lo pronto definirme es un buen paso. Ya el tiempo decidirá si logré serlo.

sábado, 14 de enero de 2017

Ser o no ser buena persona

De pequeña me enseñaron a ser buena y obediente. Se me quitó por completo lo obediente pero se me quedó la idea de pretender ser buena.

Y lo peor de todo esto ha sido la búsqueda de una convicción sobre la bondad humana. 

No me interesa ser mala: planear venganzas, revanchas y escarmientos me parece inteligencia desperdiciada, además lastimar a otros siempre me ha hecho mucho más daño a mí, me produce un dolor intenso, insoportable. Un dolor al que le huyo porque ver sufrir a otros no me causa placer, por eso no lastimo intencionadamente, sería muy tonta si me procurara a cada rato un dolor de esa magnitud. Se podría decir, pues, que intento ser 'buena'.

¿Qué pasa cuando uno pretende ser buena persona y al final de cuentas termina siendo la peor de todas? ¿Qué sucedió aquí? ¿En qué me equivoqué? Si todo se sentía tan bien, y era tan congruente con lo que pienso y siento, ¿por qué no lo puedo decir? ¿por qué hay que endulzarlo todo con miel cuando la miseria humana es exactamente así, como es?

Vivir en un país como México me ha puesto mordazas por todos lados, no me ha permitido la honestidad como se debe. He tenido que hacer grandes esfuerzos por decir lo que pienso y siento usando pincitas para no herir susceptibilidades... pero a decir verdad casi nunca lo logro.

Manejo la diplomacia, pero nunca apruebo algo que me incomoda sólo 'para no pelear'. Cuando lo he hecho, me aprisiona la frustración y ya nada funciona. Termino peleando igual de todos modos. Por eso conozco muy bien los límites entre el respeto a lo que el otro siente, y el respeto a lo que siento yo: si aquí pareciera ser más importante un criterio que otro, siempre manifiesto mi inconformidad, por eso llego a ser incómoda en todos lados.

Pocas son las personas que se permiten y te permiten "hablarles al chile", como decimos aquí cuando queremos advertir que no usaremos adornos, tapujos o misericordias a la hora de hablar de forma directa. Aquí la gente es hipócrita y manipuladora por cultura.

Los mexicanos somos una raza herida, nos tomamos las cosas de modo personal muy fácilmente, no nos atrevemos a romper las reglas y cuando lo hacemos, sentimos culpa de inmediato, nos juzgamos muy severamente, o peor aún, nos protegemos echando la culpa a otros.

Sé que generalizar en este asunto no sólo es peligroso sino anticuado. El mexicano actual, sobre todo en esta ciudad cosmopolita en la que vivo, donde convergen muchas culturas, y donde cada zona es un mundo aparte, no puedo decir que 'el mexicano' (cualquier cosa que eso signifique) es sólo aquéllo que dije.

Hay mexicanos muy inteligentes, mordaces, firmes y buenos.

Buenos. Otra vez se atraviesa el término, y lo incluyo muy a propósito, porque quienes hablamos 'al chile' no tenemos que ser lo contrario. Si bien yo no he encontrado aún la fórmula para equilibrar en mí misma cinismo y bondad, he comprobado que existe y distingo muy bien a quien lo practica y a quienes no.

Cuando crezca quiero ser buena. Todavía quiero serlo porque hacia allá me llama mi propia naturaleza humana encarnada en este planeta. Me llama buscar todo lo que está en mis manos para nadar contra corriente y amar, entregar, fluir, armonizar. No es nada fácil. Muchas veces termina uno pasando por el pleito, inevitablemente, para alcanzar la comprensión. Y si buscar la bondad no resulta una tarea fácil, debo decir que conozco muy bien la maldad en mí misma, y ésta ha resultado indeseable. 

La bondad es algo chido de vivir, pero creo que aún me falta explorar mi lado cínico que debiera decir como estigma en mi frente: "Sí, soy buena, y qué?" Buena sí, pero ya no más: ilusa, idiota, pendeja.

sábado, 24 de septiembre de 2016

El amor...

He intentado muchos escritos, muchos dibujos, muchos esquemas, muchas maneras de explicarme el amor. Toda herramienta y todo lenguaje se han quedado cortos para poder abarcar en su totalidad lo que se siente.

He amado con todas mis fuerzas, con mis dos piernas y mis dos brazos, con mi boca y con mis manos. He amado tanto, que da terror.

Cualquiera que no sepa amar de ésta manera, dirá con facilidad que eso no es amor, que qué horrible se ha de sentir, que qué enferma estoy, que por qué mejor no me amo a mí primero.

Cualquiera que todo el tiempo le haya huido a ésto, dirá que esta no es vida, que amar no es vivir llorando... y no, no es sólo eso.

Llorar desde el amor no es sufrir por gusto.
Llorar desde el amor es sentirse vivo, sentir grande el corazón.
Llorar desde el amor no es pelear, es luchar, más bien resistir, que no es lo mismo.
Llorar desde el amor no es de dramáticos baratos, es de sabios incomprendidos.

Ojalá que las lágrimas vertidas desde el amor fueran de colores para distinguirse de las de cocodrilo, de las del chantaje, de las del capricho. De ser así, yo he llorado arcoiris en cascadas que cualquiera que las viera en lugar de despreciarlas, las recogería y atesoraría como reliquias.

Ama así. Cualquiera puede. No ames de lejos, en silencio, sutil y pasivamente. No te guardes tu pasión, no se desgasta. No encierres dentro de tu pecho el dolor hasta que se haga cáncer, eso es castigarte, flagelarte ignorándote a ti mismo.

El amor es más que desapego y vivir el momento. El amor lo es todo, es la fuerza que mueve al mundo. Lo comprenderás cuando así quieras comprenderlo, cuando estés listo, cuando el desapego y el aquí/ahora los vivas desde el amor y no desde la evasión.

Cuando la vida elegida es tan dura, que debes escapar de ella para estar bien, hay algo que hacer en el día a día. La respuesta es amarte... y ya después, si te sobra tantito amor, ama a quienes creen en ti, en tu esencia, y no sólo en tu presencia. Ama a quienes permanezcan a tu lado no por conveniencia sino por verdadero amor. Sabrás distinguirlo entonces. Sí se puede. Nunca es tarde.

sábado, 17 de septiembre de 2016

El cabaret de los refugiados

Rara vez escribo reseñas, pero cuando lo hago es porque la necesidad se vuelve urgencia. Pocas puestas en escena suponen un paseo en el que al regreso nada es igual que al llegar. Son esas obras donde el que viaja es tu corazón porque otro corazón lo llevó de la mano: la honestidad del artista se hizo presente .

Al primero que vi, hace algunos años, fue a Pedro Kóminik cantando canciones de la entreguerra, recordando a su abuelo cruzar a pie las fronteras, perseguido por los nazis. Una lágrima humedecía su mejilla al cantar Lilí Marlene, al tiempo que reafirmaba su irrevocable decisión de permanecer en esta tierra que le vio nacer, y que abrigó a su padre desde muy niño.

Más adelante vi a Julien Le Gargasson recitar en su idioma natal a Rimbaud mientras en hipnótico strip tease coloreaba el suelo con la bandera azul, blanco y rojo. En L'homme avec le fusil sur le sable hablaría también de un fugitivo de guerra. Julien habla al menos dos idiomas perfectamente: el chilango y el francés. Vive aquí desde hace años, abrazado por este país, que lo ha acogido como hijo propio.

Ambos fueron mis maestros dentro y fuera de la escena. Ambos me enseñaron mucho de lo poco que sé de teatro, su semilla ya está sembrada. México es una oportunidad para los dos de hacer lo que aman, de hacerlo bien, de decir lo que opinan sin tener que hacer maletas.

Desde el momento en que Adriana Jiménez Moles me platicó del proyecto más íntimo en el que estaba trabajando, deseaba verlo. Llevaba años investigando lo que su familia española no le quiso contar sobre su llegada a tierras mexicanas escapando del franquismo, y encontró que su abuela le había heredado la inclinación por la música y el humor. Un humor doliente, una música de supervivencia, que llevó a la actriz a presentar ante el público su trabajo más serio: K-baret dels refúgiats (Cabaret de los refugiados).

Un salón pequeño que en su media oscuridad remonta a la Europa Vieja. Una proyección titilante que sugiere que estamos en un improvisado cabaret en pleno centro de la Ciudad de México. Pañuelos blancos en las mesas, la convención ya iniciada por la protagonista de la obra que nos invita a pasar llamándonos refugiados.

Adentro es un lugar seguro, desde donde se escucha el terror de afuera. Evidentemente es una cloaca, un bunker, un espacio subterráneo en toda forma donde desfila una rata maquillada a lo Geraldine Chaplin, invitándonos a reír y olvidar. Luego le sigue una caricatura tras otra: la santamadreiglesia, cómplice del terror de las guerras, un dictador...otro. Ridículos muñecos que arrancan la risa como una mueca de melancolía. Personajes y canciones que son casi un leitmotiv en la carrera de la actriz, y que me recuerdan con familiaridad que estoy en terreno amigo.

Es el escenario del Orfeó Catalá de Méxic, donde de pronto surge una mujer enamorada, españolísima: la personificación de la abuela catalana que entretiene al respetable recordándonos que aún sigue vivo el amor, que aún estamos vivos todos.

Súbitamente un rompimiento bechtiano, apertura de un momento que se antoja tertulia chiflada en el Cabaret Voltaire, o debate político-filosófico salpicado de música en los bares de Aristide Bruant. Cuatro personas del público, entre mexicanos y extranjeros, toman la palabra invitándonos apasionadamente a amar este país.

El final ya no lo cuento para no pecar de pirómana de obras. El final es lo que me ha calado. Ese final espontáneo de los asistentes me lo quedo yo, blandiendo el pañuelo blanco que no sabe si saluda o si dice adiós.

Yo creo que da la bienvenida de nuevo al cabaret en mi vida. Me devuelve como el oleaje al puerto donde pertenezco. A veces quisiera amar a mi patria como la aman otros que la ven como su madre adoptiva. Yo la veo como una madre maltratada a la que aún duele voltear a ver, pero aún así, rota y maltrecha, es bueno recordar cómo ha sabido ser cuna de quienes necesitaron una nodriza querendona al verse lejos del suelo donde han nacido.

Gracias, Adriana por hacer cabaret "a la antigüita", cabaret del que se extraña, cabaret honesto, cabaret real, digan lo que digan. Gracias por ese electrochoque a mi patriotismo agonizante en este mes de festejos nacionales. Gracias por recordarme que el cabaret me adoptó y me dio asilo cuando me sentí una extraña en mi propia tierra. Gracias por darme una identidad nueva: soy una refugiada del cabaret.


K-baret dels refúgiats (Cabaret de los refugiados)
De y con: Adriana Jiménez Moles e Isaac Bañuelos
Montaje visual: Cineorama Video
Se presenta en:
La Cassola del Orfeo Catalá de Mexic.
Marsella 45 Colonia Juárez.
Muy cerca del metro Cuauhtémoc
Sábados 20:00 horas
Cooperación Voluntaria